En 1854, una joven emperatriz se enamora de un pueblo de pescadores. Napoleón III construye allí su villa, la alta sociedad europea la sigue, y Biarritz se convierte en una estación de moda. Ciento setenta años después, quedan de aquel sueño imperial algunas joyas que se pueden enlazar a pie. Siga la guía.
Todo empieza con un flechazo. En el verano de 1854, Eugenia de Montijo, recién casada con Napoleón III, reencuentra en Biarritz los paisajes de su infancia española. Convence al emperador de construir allí una residencia de verano — la Villa Eugénie, hoy el Hôtel du Palais — y, tras ella, llega toda la Europa coronada. De aquel Segundo Imperio junto al mar, la ciudad ha conservado huellas que se pueden enlazar en un bonito paseo.
La Capilla Imperial, la joya escondida
A dos pasos del hotel, en la avenue de la Marne, se esconde el más emotivo de los vestigios. Erigida de 1864 a 1866 por Émile Boeswillwald, alumno de Viollet-le-Duc, la Capilla Imperial une el estilo románico-bizantino a una decoración hispano-morisca. Eugenia la dedica a Nuestra Señora de Guadalupe, patrona de México — un eco de la expedición militar que Francia libraba entonces allí. La emperatriz la inaugura el 16 de septiembre de 1865. Declarada Monumento Histórico en 1981, es hoy el único vestigio construido de la residencia imperial: un secreto en el que muchos biarrotas nunca han entrado.
La Roca de la Virgen, el sueño de puerto de Napoleón III
El legado más espectacular lo fotografía todo el mundo, sin conocer siempre su origen. Fue Napoleón III quien, soñando con un gran puerto de refugio, mandó horadar la roca de la Atalaye y excavar túneles para transportar los bloques del dique. El puerto nunca vio la luz, pero el gesto dejó a Biarritz su más bello balcón sobre el océano. En 1865 se izó allí una Virgen de bronce; la pasarela metálica que conduce a ella data de 1886-1887 — a menudo atribuida a Eiffel, erróneamente. Con temporal, las olas rompen en surtidores: el espectáculo sigue intacto.
Napoleón III soñaba con un puerto; nos dejó el más bello balcón sobre el océano.
La iglesia de Sainte-Eugénie, sobre el Puerto de los Pescadores
El nombre de la emperatriz marcó la ciudad hasta en su callejero. Una primera capilla dedicada a santa Eugenia, patrona de la soberana, se inaugura ya en 1856, con su campanario financiado por una donación de Napoleón III. La iglesia neogótica que vemos hoy, en piedra gris, domina el Port des Pêcheurs: construida de 1898 a 1903, alberga vidrieras de Luc-Olivier Merson. El edificio está actualmente en obras de restauración — por ahora, se admira desde el exterior.
De la villa al casino: el Biarritz mundano
Lo que la corte imperial legó de verdad fue una vocación. En pocos veranos, Biarritz pasa de pueblo de pescadores a estación frecuentada por la aristocracia europea — Victor Hugo, la reina Victoria, más tarde Eduardo VII. La Grande Plage, el gusto por los baños de mar, las villas y los palacios de la Belle Époque que seguirán: todo nace de aquel flechazo de 1854.
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