De noviembre a marzo, Biarritz cambia de cara. Las terrazas se vacían, los atascos desaparecen, los precios bajan. Lo que los habitantes saben desde siempre —y que los turistas descubren con sorpresa— es que la ciudad es quizás más hermosa fuera de temporada. La luz rasante de enero sobre la Grande Plage, las olas de otoño que hacen vibrar las ventanas de la Roca de la Virgen, los mercados del sábado por la mañana en Les Halles donde los productores hablan por fin sin apresurarse. El invierno aquí no es un paréntesis: es la verdadera temporada para entender lo que la Costa Vasca lleva dentro.
Vivir Biarritz